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domingo, 3 de febrero de 2013

MATARON A PATORUZÚ - por Horacio Nigger Fontova (Forma parte de "Témpera Mental" - Editorial Sudamericana)























La noticia tuvo mucha menos repercusión que la que me hubiera imaginado. Mataron a Patoruzú. Y no se sabe quien lo hizo. Tal vez haya tenido que ver con esas últimas ansias del indio de querer hacer algo en contra de la sistematización general, a pura sangre nomás y junto a nuevos compañeros. Un cambio que lo redime de su vieja imagen de justiciero estúpido. Le tendieron una trampa, y no es nada nuevo tender trampas a indios. Sólo cambiaron las vestimentas de los ejecutores. Tiempo atrás se los pudo apreciar con distinguidos ropajes, pero a Patoruzú no lo decapitaron en la plaza de Cuzco. Lo despacharon de varios tiros en el Parque Lezama, mientras le rezaba a la Pachamama, como lo hacía algunas mañanas. Y ya empezaron los acostumbrados comentarios: que estaba en la droga, que era pedófilo, que por despecho lo mató su novio, o simplemente que por algo habrá sido y que el que las hace las paga. Se lo veía flaco y cansado en los últimos tiempos, y es que los cambios a su alrededor fueron notables. El coronel Cañones al mando de la mayor corporación que maneja a los grandes medios, Isidoro Cañones escribiendo discursos para el jefe de gobierno de la ciudad y Upa, ya hiperfamoso, muy flaco y tatuado -haciéndose llamar Marcelo- conduciendo un programa televisivo excesivamente popular, de concurso de bailes, casi pornográfico. Algunos vieron a Patoruzú en la Boca, tirando su pluma, sus boleadoras y sus ojotas al Riachuelo. Su último trabajo fue como tiracables en un canal de televisión, con la cabeza totalmente rapada y enfundado en unos jeans desteñidos. Quisiera imaginar que sólo habrán sido artimañas del indio como para poder acceder a los medios de comunicación, aunque más no fuera para canturrear vidalas y chacareras entre algunos compañeros de trabajo que festejan Halloween y Saint Patrick. Mataron a Patoruzú y todo sigue igual. Los políticos disputándose el poder, algún gran laboratorio albergando una auspiciosa enfermedad, los peces gordos empachándose cada vez más, y el resto haciendo lo imposible para seguir viviendo. Como siempre, todo perfectamente controlado por la gran diosa Publicidad.

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